El terror, como género, nace en pleno
apogeo del racionalismo y ,como bien explica Rafael Llopis, “es la
historia de un instante fugaz que va desde que la razón abre la
puerta de lo oculto hasta que lo oculto empieza a manifestarse dentro
de la razón”. Así encontramos en el cuento clásico de terror la
aparición de un elemento que no puede explicarse, que se sale de
todos los esquemas preconcebidos que tan orgullosamente hemos
conquistado desde la ignorancia. Ese elemento subversivo, esa
vivencia espasmódica, que nos hace tambalear los cimientos de
nuestra fe, es la que pretendía explicar desde el distanciamiento la
literatura de terror, un sano acercamiento a lo numinoso, a todo
aquello que las sociedades pretecnológicas consideraban sagrado tal
como hoy se siguen considerando, por algunas capas de la sociedad,
bizarradas varias como la santísima trinidad. Sí, con minúsculas.
¿Pero qué paso? Oh bueno, pues pasó
una guerra, una guerra mundial, y luego enseguida ya se estaba
cociendo la siguiente, más grande y mucho más dada a engañosas
películas de Hollywood. Sí, con mayúsculas.
Así que la razón murió.
Esta película de 1935, en España “Las
Manos de Orlac”, es un claro ejemplo de ese cambio en la
percepción.
El Terror no es centrípeto. Sino
centrífugo.
